
Pensábamos, mientras veíamos la película Anticristo de Lars von Trier, que asistíamos al desquicie de un matrimonio, a su particular bajada a los infiernos, a una escena tóxica que alcanzaba el paroxismo más absoluto, y que, en su último tercio, termina rozando el gore y la carnicería. Imposible conectar con esos términos en los que termina aconteciendo el derrumbe, claro, pero ¿y si en realidad nunca fueron dos, sino UNO, el protagonista de Anticristo de Von trier? Un personaje ANTERIOR a los propios personajes de Anticristo, que precede a la enunciación misma del film, y que no sería otro que el propio Von Trier en su peor momento de depresión, encontrando en ÉL (Willem Dafoe) y ELLA (Charlotte Gainsbourg) a sus mejores representantes. Esta es una de las ideas que Santiago García Espejo trae en su texto «¿Quién o qué cosa es el Anticristo?» para el libro SOLARIS #7 Trilogía de la Depresión de Lars von Trier:
Partamos pues de la base de que la película no está en realidad narrando los avatares a los que se enfrenta un desgraciado matrimonio. (…) [L]os dos personajes principales, y prácticamente únicos, vendrían a representar, en clave simbólica, dos instancias psíquicas (…) que se interrelacionan en una constante y agónica dialéctica, en una búsqueda de lo humano esencial. A primera vista, somos testigos de los infructuosos intentos de un terapeuta por aliviar el dolor de su cónyuge-paciente, pero si existe algo parecido a una terapia a lo largo de todo el metraje esta no es otra que la que protagoniza la pareja entendida como un solo ser escindido en dos. (García Espejo, 2021, p. 28)



Denominada así por el propio Lars von Trier, la Trilogía de la Depresión está formada por los filmes Anticristo (2009), Melancolía (2011) y Nymphomaniac (2013), y comprende las que quizás sean sus películas más íntimas y reveladoras, una travesía por el túnel existencial del padecimiento del cineasta, cuyo resultado puede ser la primera gran obra maestra cinematográfica de lo que va de siglo.
Su contienda conyugal, y toda su violencia, entonces, como la insoportable batalla que se libraba en el interior del propio Von Trier, a su paso por el túnel de la enfermedad. No habría, entonces, más Von Trier en Dafoe que en Gainsbourg, ni viceversa; ambos son el sujeto que escribe este film dando forma humana —dos distintas, enfrentadas— a las fuerzas que lo torturaban desde el interior. Solo así se vuelve aprehensible la metáfora del gore y la mutilación a la que llega el matrimonio, uno que, por tanto, ¡tan poco tiene que ver con lo conyugal!, por más que se inicie evocando lo marital con imágenes tan bellas y con música barroca. Inolvidable introducción en blanco y negro con música de Haendel (al que por cierto dedicó su análisis monográfico, también en este libro, Vanessa Brasil).

Así se explicaría que los personajes de Anticristo nunca son bautizados en el film con un nombre propio que los distinga: ni entre sí, ni del propio Von Trier, derramado psíquicamente y por igual sobre tales instancias de sí mismo en la pantalla. (Algo similar a lo que sucedería también, claro, en Melancolía, su siguiente película). Von Trier traslada su condición psiquiátrica a la pantalla, convirtiéndole a ÉL (Dafoe, más racional) en psicoterapeuta, y a su relación con ELLA (Gainsbourg, más emocional) en un imposible proceso terapéutico que pondría los pelos de punta a cualquier psicólogo, pero que funciona en la ficción porque no son ‘uno’ y ‘otra’, sino UNO mismo, en su debacle; es Von Trier ensayando una curación de sí mismo en la ficción, que solo conduce a un estrepitoso y sanguinario desastre.
Es por eso que la parte emotiva del alma, la que sufre, no puede contentarse ni con el diagnóstico ni con la prescripción médica, porque lo que se está cociendo en su interior es una batalla a muerte con el mal. La parte emotiva se devora, solo a sí misma al principio (castigándose por la culpa de no haber evitado adrede la muerte de su propio hijo), para poco a poco ir desbordando los límites de su propio ser y volcando la violencia también en la autocomplacencia y la negligencia de la parte más racional. (García Espejo, 2021, p. 30)
Esa condición de desdoblados que funda y precede a la peripecia de ÉL y de ELLA, que los crea, ya estaba, si vuelven a mirarlo despacio, en el cartel del film, aunque fíjense en la clarividencia del artista que ha creado esta otra versión del mismo (derecha), en clave de fan fiction, ahondando en la idea de ‘DOS que son UNO’:


Cabe entonces pensar el final del film desde la lógica del desdoblamiento que ÉL y ELLA representan en el film, ¿no les parece? Comparece entonces esa violencia del último tercio como las fricciones propias de un proceso de transformación y reunión, sobre el que García Espejo reflexiona como la única forma de llevar a cabo algo de una cierta terapia sobre el sujeto que escribe, el sujeto de antes de la película, que con este film no hace más que pensar y analizar el dolor mismo.
En Anticristo, el autor realiza una descripción detallada del dolor psicológico, un dolor que él ha padecido en primera persona recientemente, siendo esa necesidad de analizar el dolor la causa última de la obra… (García Espejo, 2021, p. 28)
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SOLARIS#7 Trilogía de la Depresión, de Lars von Trier
Analizamos las imágenes de la Trilogía de la Depresión, en las que el cineasta concede, por un lado, el imaginario más atroz, la vivencia más cruda de la carne y su versión más áspera y desquiciante del goce; por el otro, el más emocionante alzado poético, al límite de lo abrumadoramente bello, con el que el danés podría haber acertado a crear una réplica visual digna incluso de la música de Wagner. ¿Consiguió Lars von Trier explorar y reflejar los primeros pliegues de un verdadero desgarro existencial?
