El wéstern de Clint Eastwood: del crepúsculo al fantasma

Clint Eastwood: el wéstern Infierno de cobardes

¿Fue, realmente, el llamado wéstern crepuscular el verdadero fin del wéstern? A riesgo de cuestionar no sin cierta temeridad el tiempo y el modo cómo murió el wéstern —si es que tal contundencia se sostuviera—, nos ha venido a la mente esta pregunta: ¿es en el subgénero del western crepuscular, los territorios del cine de Sam Peckimpah, donde el wéstern encontró su última etapa? ¿Terminó realmente el wéstern tras el cliché del tono melancólico, el héroe cansado y sus ambiguos valores éticos? ¿Y si ese proceso de búsqueda de Clint Eastwood durante los años 70, entre la desorientación y los titubeos, hubiera concluido escribiendo un auténtico final para el wéstern, más allá de su crepúsculo? Y lo más importante, ¿en qué consistiría ese final? Todo esto nos viene a la mente leyendo el artículo «Apariciones y desapariciones» de Carlos Losilla en el libro SOLARIS #10 Clint Eastwood. El héroe y la ley. Empecemos por el principio, cuando Eastwood estaba hecho un lío:

[L]a totalidad de la década de los 70 constituye para Clint Eastwood un terreno para la experimentación continua, para los cambios de intención y de imagen, no tanto con vistas a integrarse en el mercado hollywoodiense […] como con el fin de buscar un lugar en el cine que le permitiera dialogar cara a cara con las imágenes y con la manera en que las concebía, algo todavía en desarrollo en aquel momento. Tenía el poder y el dinero, pero no conocía ni el método ni el camino. Hollywood se estaba renovando —sobre todo tras el éxito de films como Bonnie y Clyde, El graduado o Easy Rider—, y sin embargo él era consciente de que su modo de ver el cine no le permitía formar parte de aquella «nueva ola». (Losilla, 2026)

Descubre el libro Clint Eastwood. El héroe y la ley, y sumérgete en la reflexión crítica sobre la figura del héroe en la filmografía de Clint Eastwood: su sentido, su evolución histórica, su sentido, sus contradicciones, sus orígenes históricos. De Infierno de cobardes a Júrado Nº2, pasando por clásicos indiscutibles como Sin perdón.

Eastwood sabía que él no era uno entre los Scorsese, los Coppola y los Robert Altman del momento. Imaginemos el drama de un actor alzado a la epítome de un género, el wéstern, del que se había convertido en símbolo, pero un género sumido en una crisis existencial que Peckimpah había hecho oficial con sus películas de fin de ciclo. ¿De qué servía a Clint Eastwood ser el rostro de un cine en retroceso, en un mundo arrobado por su propio cambio? Quizás la clave pasaba por hallar una evolución que trascendiera la apostasía de Peckimpah, pero que fuera coherente con su territorio; Clint Eastwood encontró un camino propio: la abstracción del wéstern:

[E]s en Infierno de cobardes (Clint Eastwood, 1973) […] donde empieza a gestarse esa poética propia que con tanto ahínco anda buscando. […] Infierno de cobardes empieza y termina con imágenes complementarias. La primera es un horizonte tembloroso, invadido por la niebla o la calima, del que poco a poco surge una figura humana a caballo, como si emergiera de la nada. La última incluye a esa misma silueta alejándose hacia el paisaje del inicio y se cierra con su desaparición entre las brumas, como regresando al lugar de donde vino. Y la fotografía de Bruce Surtees hace el resto: la abstracción en que se ha convertido el viejo Oeste americano devora metafóricamente cualquier intento de continuar filmando wésterns figurativos o narrativos […]. (Losilla, 2026)

Carlos Losilla da cuenta de los titubeos que aún acompañaron al cine de Clint Eastwood durante finales de los 70 y comienzos de los años 80, «como si estuviera probando tonos y modelos de puesta en escena»; no fue su camino tan recto. Pero si jugamos a conectar los puntos para hallar la tendencia, el wéstern de la abstracción retorna en una de sus películas más veneradas: El jinete pálido (1985):

Así hay que ver la escena más famosa de El jinete pálido, donde, tras un prólogo de gran violencia, se produce «la llamada». Una muchacha, tras la matanza que ha asolado el lugar en el que vive, se introduce en el bosque […]. Clint Eastwood y Surtees la filman desde la distancia, llegando al lugar envuelta en una espesa niebla, como si estuvieran creando el escenario propicio para que todo naturalismo quede diluido. Entonces, en vez de seguir con una planificación estrictamente narrativa, la película recurre a fundidos encadenados que intensifican aún más la sensación de irrealidad, como siguiendo la lógica del sueño o del relato mítico. La muchacha empieza una plegaria […]. De repente, entre travellings y cambios de escala […] vemos un paisaje brumoso por el que cabalga un jinete, acercándose a la cámara. ¿Es ese nuevo personaje un producto de la mente —o el deseo— de la chica o es real? ¿Se ha materializado ahí simplemente porque ella así lo ha querido, porque lo ha llamado? (Losilla, 2026)

Cuando la representación se problematiza, el héroe pierde igualmente su condición unívoca. El cowboy que se materializa en esa escena de El jinete pálido no pertenece a ningún lugar, o quizá sea capaz de habitarlos todos […]. Más allá del héroe en decadencia de las últimas películas de Ford o Walsh, o del héroe crepuscular de los films de Peckinpah, el de Clint Eastwood pertenece a la vez a la realidad y al mito, es decir, a la verdad y a la imagen. (Losilla, 2026)

¿Terminó quizás, el género del wéstern, no tanto entre las tristezas empalagosas de la melancolía de sus héroes moribundos, sino en la vigorosa figura erguida del cowboy, aunque fuera en forma de fantasma? No sorprende que fuera Clint Eastwood, eterno creyente de la ley, quien rehabilitara el wéstern en una última evolución que pudiera hacer retornar al héroe, fuerte, acaso como espectro, para seguir iluminando el camino de la verdad y la esperanza.

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Se propone aquí enfocar la reflexión sobre su cine desde la que acaso termine siendo la aportación final más esencial de toda su filmografía: la conmovedora luz con la que la figura del héroe rehabilita el porvenir del mundo —también el nuestro—, y la desesperada necesidad —tan contemporánea— de una ley que nos proteja del autoritarismo y los excesos del poder. Sin cesar, Clint Eastwood renueva sus principios y nos emociona al recordarnos quiénes aprendimos —y luego olvidamos— que queríamos ser.